Domingo por la mañana. Cualquier día es bueno para limpiar el alma. Da igual si lo has escuchado cien veces. Y si no lo has escuchado nunca, espero que no padezcas del corazón...
Rachmaninoff: Piano Concerto no.2 op.18
Sal corriendo de esta página si lo que buscas es Historia manipulada, corrección política, música para aquejados de sordera musical, lecciones de cultura, de vida o simplemente de nada: esta no es la página que buscabas.
Bon vivant
sábado, 7 de septiembre de 2019
Entre líneas Cap.3
Huyó en dirección contraria a la
informática, convencido de que era la peste negra y vencido por la necesidad de
ser honesto, consigo mismo y con los demás: su falta de estudios superiores,
tarde o temprano, quedaría en evidencia, aunque sólo fuera a sus ojos y nadie
más en aquel mundo se percatase de que su éxito no estaba tan fundamentado como
él creía que era necesario. De ser cierto lo que cuenta, su ejemplo podría
servir de escarnio para esa caterva metastática que se enquista en la política de
cualquier país, sin mérito conocido ni formación que se precie más allá de cuatro
frases y seis palabras aprendidas de memoria, personajes sin escrúpulos,
aniquiladores de criterio, medradores, detentadores y sicarios, voceros de la
falsa sobresdrújula, torturadores del lenguaje e inventores de palabros que
gruñen y se revuelcan en el lodazal del lucro obsceno. Amen.
Tras aquel ataque de honestidad, se
lanzó a vivir su vida a ciegas, tal y como le dictaban los latidos de su
corazón, subiendo cataratas y nadando a contracorriente, cuenta, y apareció una
noche, veinte años después, exhausto por el esfuerzo, sentado en una silla, sin
saber qué hacer. Es sabido que el principal peligro de un ocioso es que le dé
por escribir, así que aprovechó que se hallaba sentado y lo hizo. Cuenta que,
cuando llevaba escritas las primeras líneas, empezó a sentir que se le
aceleraba el corazón; una especie de ahogo, como si las palabras se le
agolpasen en la garganta deseando poder salir para desahogar la pena de toda una
vida que a él le pesaba como tres. Y entonces se dijo que si no era ahora no
sería nunca. Recuerda, dice, que durante la primera hora, mientras escribía, no paraba de llorar porque,
por fin, a los cuarenta y cinco años había descubierto la vocación. Escribir le
producía el efecto montaña rusa. Un bombeo constante de adrenalina, sostenido durante ocho
horas al día y veintiséis horas cada fin de semana, interrumpido por las pausas que
se concedía para salir al raso de la noche, contemplar las estrellas mientras
fumaba un cigarrillo y esperar. Contaba aquel tipo que cuando su amigo le dijo “esperar”,
se quedó callado, con la mirada perdida hacia el suelo modernista de su piso
del Ensanche.
“¿Qué esperabas?”, le
preguntó.
Su amigo seguía mirando al suelo
cuando le contestó: “Tú sabes que durante una época de mi vida yo fui
subcampeón del mundo de mentir”.
“¡Vaya si lo sé! ¡¡¡Como que
era yo el que te cubría!!!”
“Aquello era por necesidad”
“Si tú lo dices…”
“Bueno, pues lo que te voy a
decir ahora es la verdad más verdad de todo lo que te he contado, aunque lo más
seguro es que no me creas por que suena a ciencia ficción”.
“Tú prueba, yo me lo creo casi
todo”.
Le contó que, hacia la sexta
noche, no podía precisar con exactitud, le puso el punto y final al segundo
capítulo de aquel escrito con pretensiones de parecerse a una novela y se quedó
en blanco, momento que aprovechó para salir al exterior y regalarse un
cigarrillo bajo las estrellas de aquel mes de julio, menos caluroso de lo
habitual. Llevaba un par de minutos fumando, arropado por ese silencio que
ofrece cualquier bosque, cuando bajó.
¿Qué bajó?, le preguntó el
tipo.
“¿Pues qué va a bajar? ¡El
siguiente capítulo!, con sus puntos y sus comas y sus pausas y el tono y las
palabras y la madre que lo parió. Bueno… las comas… quizás he exagerado. Pero, que
me bajó de golpe, me bajó. No me preguntes de dónde ni de qué manera. Ni idea. Te
juro que entré corriendo y me puse a escribir como un loco, por miedo a que se
me olvidara tan rápido como había llegado. Pero no. Comprobé que cuando bajaba,
lo hacía para quedarse hasta que ponía el punto y final”.
Su amigo le miraba y no salía
palabra alguna entre unos labios que dibujaban, a un lado una sonrisa y al otro
un sarcasmo, y cuando estaba a punto de decirle algo, el otro le cortó:
¿Pero cómo no me vas a creer
tú? Tú, que fuiste quien me regaló hace veinte años El Oráculo Vikingo de Ralph
Blum. ¡¡¡Las auténticas runas!!! No digas ni palabra. No estás autorizado a no
creerme. Punto y seguido. Y eso me ocurrió cada vez que ponía el punto y final a
un capítulo hasta que acabé el manuscrito que ves aquí. Un mes. Bueno… y otro
mes para pasarlo a formato libro más otro para repasarlo y “repelarlo”.
“Pongamos que te creo", le dijo el tipo. "¿Qué
vas a hacer con él?”.
“Nada. No lo he escrito para
publicar. Lo inicié porque esa historia no podía perderse y lo acabé por que difrutaba como un cerdo”.
“Ese es el mejor de los motivos”,
le dijo aquel tipo a su amigo. “Voy a leerlo y te doy mi opinión, con la
crueldad que me caracteriza, por supuesto. Si no te llamo nunca más, espera a que te llame”.
"Eso. Espero", le contestó su amigo.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Quizá era muy fuerte para empezar septiembre...vamos a bajar el ritmo que queda mucho mes
The Police - Tea in the Sahara
The Police - Tea in the Sahara
miércoles, 28 de agosto de 2019
Agosto agoniza y hay que despertar.
Talking Heads es el remedio.
¿Quien le dijo a los 80's que se fueran?
¿Quien le dijo a los 80's que se fueran?
domingo, 25 de agosto de 2019
Era mi deber contarlo
“No puede ser”, dijo varias veces. Era agosto y estábamos en la casa
de veraneo de Torrelles de Foix, como cada año. Mi padre se mostraba más
callado que de costumbre, como distraído, pero, a pesar de mi corta edad, yo
sabía que no se debía a ningún problema familiar, porque conocía sus tics y
llevaba unos días que, a la hora del desayuno, sentado en la hamaca grande, lo
veía levantar la vista mientras bebía su café con leche y, de manera
inconsciente, hacía rayas con el canto de la suela de sus alpargatas en el
suelo de tierra frente a la puerta de casa. Cuando hacía eso, yo sabía que le
estaba dando vueltas a una idea y me gustaba estar cerca de él porque en
cualquier momento podía bajar de aquella nube y soltarme una de las suyas, una
de aquellas ocurrencias que o bien me hacían sentir orgulloso de ser su hijo o hacían
que me partiese de risa porque su humor se situaba entre La Codorniz y Groucho
Marx. “No puede ser”, dijo, al fin. “He
leído que Santiago Amón afirma que en España no cabe un tonto más y no es por
llevarle la contraria, pero no acabo yo de ver que eso sea así de exacto.
Entiendo el sentido en que lo dice y hasta ahí estaría de acuerdo con él. Por
otro lado, siempre se ha dicho que el número de imbéciles es infinito. Pienso que, si todo en la vida está
relacionado con las matemáticas, tiene que haber una fórmula que dé sentido a
estas dos afirmaciones, que las complete, que las resuma”. Recuerdo que me pilló de improviso y estuve a
punto de atragantarme con un pedazo de tostada con sobrasada y cuando me
recuperé le pregunté si estaba seguro de que los imbéciles guardaban alguna
relación con las matemáticas. No me contestó. Me miró como si le hubiera hecho
una pregunta absurda e hizo una de aquellas imperceptibles muecas de
desaprobación que me encendían las orejas de vergüenza. “Vamos a buscar
caracoles”, me dijo de repente y se metió en casa para coger los cayados y unas
bolsas. Yo cogí las cantimploras, le di un beso a mi madre y nos fuimos los dos
caminando, calle abajo, hasta meternos por los caminos de carro, recogiendo de
entre las piedras de los márgenes todo lo que tuviera cuernos hasta que
llegamos a La Font d’Andorra (tardé cincuenta años en descubrir que en realidad
se llama La Font d’en Torra y ahora ya me parece tarde para cambiarle el
nombre). La fuente está bajo unos plataneros gigantescos y a su sombra el
verano no existe. Uno sabe que el calor seco del campo sigue abrasando ahí
fuera porque las chicharras son las dueñas del silencio y cantan su raca-raca
sin parar. Es el estruendo silencioso del campo: ni molesta ni sobra. Pero
aquella sombra es terapéutica e inspiradora. “¡Eureka!”, dijo al fin mi
padre y creo recordar que las chicharras y yo guardamos un silencio de respeto mientras
él cogía una ramita del suelo y dibujaba allí mismo una fórmula que jamás
olvidaré porque atisbo que concentra en sí misma el todo y la nada, la
explicación última a tanta duda humana: *NDI = ∞ + 1. Lamentablemente, el farragoso desarrollo de esta fórmula, que se guardó
en secreto y me fue entregado en una libretita de espiral, se perdió en uno de los
tantos traslados de piso que han adornado mi vida y jamás podrá ser legado a la
comunidad científica, ni para que lo despanzurren ni para que sirva de faro y
guía de la Humanidad. Pero tenía que dar fe de que yo fui testigo del momento
en que vio la luz de este mundo y de quién fue su inventor. Era mi deber.
*
Número De Imbéciles
sábado, 24 de agosto de 2019
miércoles, 21 de agosto de 2019
Entre líneas Cap.2
Contaba aquel hombre que desde el
primer momento en que entró a trabajar en aquel banco de la ciudad de Barcelona,
a pesar de que su currículo se basaba estrictamente en La Bolsa de Valores y
sus diferentes ramas, lo destinaron a un departamento del que no había oído
hablar jamás. Ni él ni nadie que conociese: el Departamento de Informática. Hoy
en día nos parece difícil que alguien no haya oído siquiera hablar de la
informática, pero hace tan solo cuarenta años Barcelona era muy diferente en
muchos sentidos. Recuerda que cuando comentaba a sus conocidos el hecho de
trabajar en ese campo, fueron varios los que le respondieron con la misma gracieta:
“¿y tú de qué informas?”. Hace cuarenta años el mundo era diferente.
Hace cuarenta años la gente corriente, con o sin estudios, no había oído hablar
de la informática, salvo en las películas de James Bond. Hace cuarenta años la
gente corriente no tenía ni idea de lo que les estaban cocinando. En realidad,
han pasado cuarenta años y la gente corriente sigue sin tener ni idea de lo que
nos han cocinado.
Y de repente, aquel hombre sin
estudios superiores, descubrió un campo laboral en el que no trabajaba: flotaba,
vibraba, sentía; como un pez de laboratorio al que han mantenido vivo sin
conocer el agua y ahora lo sueltan en el mar: al fin y al cabo, es pez y su
medio es el agua. La simbiosis de aquel hombre con los ordenadores fue tal que
en cuestión de semanas inició una carrera meteórica que le llevaría por varios
puestos en el departamento, siempre subiendo escalones. Cuenta que el motivo de
aquella unión extraña se basaba en uno de los principios básicos de la
informática: la velocidad. Y nadie más que él mismo conocía su rapidez mental.
En ocasiones, ni él mismo sabía cómo había llegado a una conclusión sin
transitar el camino del razonamiento ni disponer de los datos. Sin tener el más
mínimo conocimiento de programación ni sus diferentes lenguajes, sorprendía a
los programadores cuando acudían a él para realizar las pruebas de sus nuevos programas,
anunciándoles, segundos antes que el ordenador, que la prueba iba a dar error.
Para él era como un juego. No contra nadie. Ni siquiera contra la máquina. La
velocidad de un pensamiento. La rapidez mental. En definitiva, al igual que la
informática, la búsqueda de la inmediatez. Y esa misma rapidez, esa velocidad,
ese llegar a la conclusión sin utilizar el método científico fue lo que le
descubrió el otro lado de aquella moneda. El yin de toda cosa, animal o
persona. El peligro de un tren a toda máquina viniendo en sentido contrario al
nuestro por la misma vía. Las máquinas ofrecían rapidez y a cambio se cobraban
sus víctimas en forma de reducciones de personal. Aunque a la tecnología el
muerto le importa poco: ella fija su mirada en los heridos. Y los heridos son
todos los que no están muertos. Heridos en la paciencia. Generaciones que ya
desconocen el sentido y el significado de esa palabra. Y la gente corriente nos
hacemos preguntas sobre los sucesos actuales sin ver las respuestas, cuando las
respuestas son palmarias. La tecnología te embelesa con sus supuestos beneficios
avanzando en progresión geométrica hacia nosotros y no va a detenerse, no ya
porque no quiera sino porque no puede. Arriesgaré a decir que un personaje de
Tarantino lo definiría como un caballo negro desbocado al que le han arrancado
los ojos con un abrelatas, empapado de crack, dirigiéndose hacia un acantilado
con la humanidad encima sentada al revés, contemplando como se aleja el paisaje
a través de la pantalla del móvil mientras suena el Nessun dorma de
Puccini.
Contaba el hombre que aquel
desenfreno le duró cinco años. El destino reunió varios motivos para hacerle
desistir de aquel camino y un día se fue a dedicar su vida a cualquier otra cosa
que no fuese alimentar a la bestia. Y aquí estamos nosotros, a lomos del
caballo.
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